TÚ, CRUZ ME SALVARAS

Domingo 3 de septiembre
22 del tiempo ordinario
Mateo 16,21-27

Negarse a sí mismo es una expresión oriental que significa sencillamente “vivir de cara a los demás, vivir para los otros, no ser egoísta”.         Pero ¿cómo ha interpretado la teología espiritual esta frase? Por “negarse a sí mismo” ha entendido fundamentalmente refrenar, reprimir, moderar el cuerpo con sus bajos instintos, ocasión de pecado, casi siempre contra el sexto mandamiento. El cuerpo ha tenido en la moral católica de siglos una coloración negativa y pecaminosa.
La segunda condición para ser cristiano es “cargar con la cruz”. Y también aquí la teología ha desvariado. Donde Jesús dice “cargar” ha leído “buscar la cruz”, sacrificarse, resignarse con los contratiempos de la vida. La cruz, la provocativa cruz de Jesús, se ha convertido en un objeto amable que hay que buscar, fuente de resignación y alienación hasta el punto de hacer del cristianismo “la Religión de la Cruz”. Jesús, en cambio, aconseja cargar con ella cuando la coloquen sobre nuestros hombros quienes, al vernos vivir de cara a los demás, nos traten de tontos y se rían de nosotros, intentando acabar con nuestro estilo de vida.
Negarse a sí mismo y cargar con la cruz es necesario para “seguir” a Jesús. Y donde dice el Evangelio “seguir” decían los directores espirituales “imitar, ser como Jesús”. Al proponerse un modelo tan alto, el creyente experimentaba a diario el fracaso. Era imposible ser como el Maestro. Pero Jesús no dice que lo imitemos, sino que lo sigamos. Que cada uno encuentre su modo de ser y vivir de cara a los demás y así lo siga hasta la muerte, con la convicción, basada en la fe, de que el final no es la cruz, sino la resurrección, la vida, la alegría definitiva.
Al hacer del cristianismo la Religión de la Cruz, entendida como término y no como tránsito, hemos hecho de él una religión para gente triste, recelosa y masoquista. Una religión para los aguafiestas de la vida.

El cristianismo ha de ser la Religión de la Vida y el Gozo. Que asume que “el amor es más fuerte que la muerte”, como dice el Cantar de los Cantares. Aunque sea capaz de aceptar el dolor como condición para vivir el gozo, la alegría y el amor.