EL DESIERTO NOS UNE

Domingo 7 de diciembre
2º domingo de Adviento
Mateo 1, 1-8

No existe sólo el desierto geográfico: está el desierto humano, personal, aquel que todos experimentamos alguna vez en nuestra vida. Y no es menos ambiguo.
Normalmente las personas caminamos mirando hacia el suelo para saber dónde ponemos nuestro pie. En el desierto no existen caminos. Mirar hacia el suelo sería perdernos. Tenemos que mirar hacia arriba: el sol, las estrellas nos van marcando el camino. Si en nuestra vida de cada día miramos nuestros intereses más cercanos posiblemente terminaremos perdiéndonos en la nada. Necesitamos en el desierto mirar hacia arriba, hacia valores que tengan en cuenta a los demás. Es la única posibilidad de no perder el rumbo.

En el desierto encontramos la soledad, que no el vacío. El vacío nos anularía como personas. La soledad puede estar llena de personas. Pero la soledad nos impide “aprovecharnos” de las personas con las que vivimos. Desde la soledad nos encontramos con las personas y con Dios solo desde una actitud: la gratuidad. No es posible una relación comercial: te doy, me das. En la soledad doy sin pedir nada a cambio. No dependo de que lo que pueda recibir a cambio. Y ahí se manifiesta nuestra grandeza humana.