JESÚS NO QUIERE QUE NADIE PASE HAMBRE.

Domingo 3-8-14
18 del tiempo ordinario.
Mateo 14, 13-21
El evangelio de hoy nos muestra cuál es la actitud de Dios frente al hambre, manifestada en la persona y el actuar de Jesús.
Jesús se encuentra ante una multitud hambrienta y les dice a sus discípulos “dadles vosotros de comer”. La solución es tan sencilla como ser solidarios. Algo que nos cuesta cuando pensamos solo en nuestro interés.
            “Dadles vosotros de comer”: es la respuesta del Señor a la indicación de los discípulos de que mande volver a sus casas a aquella multitud que se ha agolpado, ávida de su palabra esperanzadora y de su apoyo saludable. Un gentío que busca saciar sus ansias profundas, para las que no encuentra respuesta que le satisfaga. Una muchedumbre que, con el deleite de estar con el Señor, se ha olvidado hasta de avituallarse de provisiones.
            “Dadles vosotros de comer”. Sí, ya sabemos que el hambre que el Señor ha venido a saciar es el hambre integral, que podemos resumir en encontrar el auténtico sentido a la vida. Pero ahora tienen hambre de pan. Sabemos también que el suculento convite anunciado por los profetas, y recordado hoy por la primera lectura, hacía referencia a los tiempos mesiánicos y abarcaba la respuesta de Dios a todas las necesidades de la humanidad. Pero ahora tienen hambre de pan. E incluso sabemos que la escena evangélica proclamada es anuncio y premonición de la eucaristía. Pero ahora tienen hambre.
Poca parte de los llamados “Objetivos del Milenio” marcados por la ONU para 2015 se va a cumplir. Palabras y promesas muchas. Acciones concretas, escasas. El hambre sigue siendo un drama para millones de personas y con el aumento del desplazamiento de personas en zonas de conflicto, aumenta. Muchas personas siguen muriendo. A veces lo sentimos sinceramente, pero nos cambia la vida personal y social.
No les pedimos a las personas que sean perfectas, sino que sean humanas. No les pedimos a economistas y políticos que sean perfectos, solo que sean humanos.
Solidaridad sería la primera actitud. Amor debe ser la respuesta cristiana. Un amor que se traduce en ayuda eficaz, sin dejar su empuje hacia una acción transformadora de la sociedad. Un amor que se llama justicia, cuando nos desprendemos de caprichos superfluos para llevar pan a quien tiene hambre y ayuda a quien pasa necesidad.

Como dijo alguien: “El pan que verdaderamente alimenta, no es el pan que se come, sino el pan que se da”.