EL PODER DE JESÚS ESTÁ EN EL AMOR


Domingo 25 de marzo
Domingo de Ramos en la pasión de Jesús.
Marcos 15,1-38

Lo mataron porque no estaban dispuestos a permitir que pusiera en peligro sus privilegios; porque los puso en evidencia al descubrir que engañaban al pueblo suplantando a Dios y que manipulaban el nombre de Dios para dominar al pueblo; porque les dijo que habían convertido la religión en un negocio y que se habían puesto de acuerdo con el emperador de Roma para apropiarse del pueblo, de los hombres, que sólo pertenecen al Dios liberador.
Un Dios sin poder. A algunos les sonará a blasfemia, pero eso es lo que se ve en el crucificado. «Creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso», decimos en el credo. Pero ¿en qué consiste su poder? Ciertamente, el poder de Dios no es como el de los poderosos de la tierra (capacidad de determinar o modificar la libertad de los demás). No. El Padre no cambia el curso de los acontecimientos que los hombres, en el uso de su libertad, han decidido; no fuerza la libertad de los hombres, ni siquiera para que éstos sean buenos. Preguntarse si podría hacerlo es un absurdo, algo así como preguntarse si Dios puede pecar. Entonces…
Se dejó matar, aceptó la muerte por amor: porque no podía soportar que se hiciera sufrir a los seres humanos. Y porque con su amor quería mostrar al mundo el amor de Dios, a quien él llamaba «Padre». Se dejó matar porque estaba harto de que se predicara la resignación y el sometimiento en nombre de Dios, y quiso enseñar a los hombres que lo que Dios exige es la rebeldía contra todo lo que constituye una violación de la dignidad de quienes fueron creados a imagen de Dios y están llamados a ser sus hijos. Y porque quiso ser rebelde sin ventajas, «como un simple hombre».
El poder de Dios es el AMOR.
Y ése, el amor, es su poder. Y de ese poder sí está llena la figura del crucificado. Sus paisanos no fueron capaces de descubrirlo: todos los que hablan al verlo en la cruz pretenden que Dios anule lo que los hombres han hecho para que, demostrado así su poder, puedan creer en Jesús. No les entraba en la cabeza que el amor fuera ya salvación