¿HASTA DONDE LLEGA NUESTRA FE?

Es el milagro más bonito que Jesús hizo en su Evangelio.
Es la más bella lección de la verdadera oración y la verdadera fe.
Y no es que Jesús necesite que lo convenzan, ni que logremos que nos preste atención.
A Jesús no hace falta convencerle porque ya está El mismo convencido.
Ni hace falta gritarle para que nos preste atención, porque nunca deja de estar atento a nuestras necesidades.
Con ello nos ha querido hacer ver que la oración es mucho más la fe y la confianza en Jesús que una manera de convencerle. Jesús quiso hacerla pasar por la oscuridad de la fe y de la confianza, para que aprendamos a no desalentarnos jamás, por más que no siempre las cosas salgan como nosotros queremos y deseamos. Ya lo había dicho El: “Hay que orar sin desfallecer”.
La verdadera oración tiene que brotar más de la fe y la confianza en El, que de nuestras mismas necesidades. No es cuestión de presentarle a Dios nuestras necesidades, que ya se las conoce de sobra. Es cuestión de fe, de orar con fe. Y una fe que es la confianza absoluta, capaz de superar todos los obstáculos y oscuridades. Confiar aun cuando sintamos la impresión de que Él no quiere escucharnos.
Es por ello que Jesús, felicita y alaba a la pobre anciana por su fe. 
El pasado domingo veíamos que Pedro duda. Y Jesús le recrimina por su poca fe. “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?
Y hoy, nos presenta la otra cara de la medalla. Y no es Pedro, el jefe, el cabeza de la Iglesia.
Es una pobre anciana, que ni siquiera es parte de la Iglesia, sino una simple cananea pagana.
Y resulta que esta pagana tiene más fe que Pedro.
Resulta que quien no es ni miembro de la Iglesia, tiene más fe en Dios que el mismo jefe de la Iglesia.

No sólo hay fe entre quienes nos decimos creyentes. También puede haber mucha fe entre aquellos que llamamos paganos. Porque el Espíritu “sopla donde quiera y cuando quiera”. El Espíritu no está encasillado en nuestros moldes frecuentemente estrechos. El Espíritu es libre como “un viento que sopla”.

MARÍA, EJEMPLO DE SENCILLEZ

Toda la vida de María está penetrada de una profunda sencillez. Su vocación de Madre de Jesús se realizó siempre con naturalidad. En ningún momento de su vida buscó privilegios especiales: "María, Madre de Dios, pasa inadvertida, como una más entre las mujeres de su pueblo. Aprendamos de Ella y vivamos una fiestas con naturalidad".

La sencillez y naturalidad hicieron de la Virgen, en lo humano, una mujer especialmente atrayente y acogedora. Su Hijo, Jesús, es el modelo de la sencillez perfecta, durante los treinta años de vida oculta, y en todo momento. El Salvador huye del espectáculo y de la vanagloria, de los gestos falsos y teatrales; se hace asequible a todos: a los enfermos y a los desamparados, a los Apóstoles y a los niños.

La humildad es una manifestación de la humildad. Es una virtud necesaria para el trato con Jesús, para la dirección espiritual, para el apostolado y la convivencia.

La sencillez exige claridad, transparencia y rectitud de intención, que nos preserva de tener una doble vida, de servir a dos señores: a Jesús, y a uno mismo. Requiere de una voluntad fuerte, que nos lleve a escoger el bien. El alma sencilla juzga de las cosas, de las personas y los acontecimientos según un juicio consecuente con la fe, y no por las impresiones del momento y del que dirán.

En la lucha ascética hemos de reconocernos como en realidad somos y aceptar las propias limitaciones, comprender que Jesús las abarca con su mirada y cuenta con ellas. En la convivencia diaria, toda complicación pone obstáculos entre nosotros y los demás, y nos aleja de Jesús. La sencillez es consecuencia de la "infancia espiritual", a la que nos invita nuestra madre María.

CUANDO UNO QUIERE PUEDE


 No tener nada no es escusa para no hacer nada.

JESÚS NO ES MIEDO, ES AMOR

Domingo 10-8-14
Mateo 14, 22-33
La primera lectura nos relata el encuentro de Elías con Dios en el monte Horeb. «Sal y ponte de pie ante el Señor. ¡El Señor va a pasar!». Dios no pasó ni en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego… Dios pasó en una suave brisa, en cuyo susurro Elías encontró al Señor.
El evangelio de san Mateo ha abundado en parecido mensaje. El gentío se agolpaba junto a Jesús. Por eso, «después que la gente se hubo saciado Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después subió al monte a solas para orar». Es esta una actitud del Señor que reseñan con frecuencia los evangelistas. Jesús buscaba estos encuentros profundos con su Padre en la oración sosegada, lejos del tumulto.
Afortunadamente, la mejor formación humana a que nos ha ido llevando la ciencia y el camino hacia una mayor madurez religiosa abierto por el Concilio en los años sesenta han conseguido un enfoque del tema bastante más positivo. Nuestro Dios no es el dios del miedo, sino el de la bondad. No es el dios justiciero, sino nuestro Padre. No es el dios que atruena entre las nubes, sino el Dios cercano, que derrama misericordia, esperanza, paz y amor.

Dios ha sido siempre así. No es que haya cambiado. Lo que pasa es que en ciertos momentos convulsivos de la historia, la situación se prestaba más a acentuar la imagen de omnipotencia, de victoria contra los enemigos, de legislador e impartidor de justicia. Pero, por encima de todo, Dios siempre ha sido gozo y paz, porque Dios es siempre amor. 

YA ES TIEMPO DE PAZ, SE LO MERECEN

UNA VERITAT ELEMENTAL

Un ancià que passava els dies assegut en un banc de la plaça que estava a l'entrada del poble, era molt volgut pels seus veïns i sempre contestava amb molta saviesa a qualsevol pregunta que li feren.
Un dia, un jove se li va acostar i li va preguntar:
–Hola, senyor, acabe d'arribar a aquest poble, Em pot dir, com és la gent d'aquest lloc?
–Hola fill, D'on véns? Va preguntar l'ancià.
–D'un poble molt llunyà.
–Dis-me, Com és la gent allí?
–Són egoistes, envejosos, malvats, estafaors… per açò em vaig anar d'aquell lloc a la recerca de millors veïns.
–Lamente dir-t'ho, benvolgut amic, però els habitants d'ací són iguals als de la teua ciutat.
El jove, ho va saludar i va seguir viatge.
Al següent dia va passar un altre jove, que acostant-se a l'ancià, li va fer la mateixa pregunta:
–Acabe d'arribar a aquest lloc, Em podria dir com són els habitants d'aquesta ciutat?
–Com és la gent de la ciutat d'on véns?
–Ells són bons, generosos, hospitalaris, honests, treballadors… tenia punts amics, que m'ha costat molt separar-me d'ells.
–Els habitants d'aquesta localitat també són així. Va respondre l'ancià.
–Gràcies per la seua ajuda, em quedaré a viure amb vostès.
Un home que també passava moltes hores en la mateixa plaça, no va poder evitar escoltar les dues converses i quan el segon jove es va anar, es va acostar a l'ancià i li va preguntar:
–Com pots donar dues respostes completament diferents si els dos joves et van fer la mateixa pregunta?
–En realitat tot està en nosaltres mateixos. Qui no ha trobat res bé en el seu passat, tampoc ho trobarà ací. En canvi, aquelles persones que tenien amics en la seua ciutat d'origen, també els trobaran ací, perquè les persones reben allò que elles mateixes estan disposades a donar als altres.
«Tot el bé i el bell de la vida que necessites, ho portes dins de tu. Tu simplement deixa-ho eixir, comparteix-ho amb els altres i si més no t'ho esperes tornarà a la teua vida»

JESÚS NO QUIERE QUE NADIE PASE HAMBRE.

Domingo 3-8-14
18 del tiempo ordinario.
Mateo 14, 13-21
El evangelio de hoy nos muestra cuál es la actitud de Dios frente al hambre, manifestada en la persona y el actuar de Jesús.
Jesús se encuentra ante una multitud hambrienta y les dice a sus discípulos “dadles vosotros de comer”. La solución es tan sencilla como ser solidarios. Algo que nos cuesta cuando pensamos solo en nuestro interés.
            “Dadles vosotros de comer”: es la respuesta del Señor a la indicación de los discípulos de que mande volver a sus casas a aquella multitud que se ha agolpado, ávida de su palabra esperanzadora y de su apoyo saludable. Un gentío que busca saciar sus ansias profundas, para las que no encuentra respuesta que le satisfaga. Una muchedumbre que, con el deleite de estar con el Señor, se ha olvidado hasta de avituallarse de provisiones.
            “Dadles vosotros de comer”. Sí, ya sabemos que el hambre que el Señor ha venido a saciar es el hambre integral, que podemos resumir en encontrar el auténtico sentido a la vida. Pero ahora tienen hambre de pan. Sabemos también que el suculento convite anunciado por los profetas, y recordado hoy por la primera lectura, hacía referencia a los tiempos mesiánicos y abarcaba la respuesta de Dios a todas las necesidades de la humanidad. Pero ahora tienen hambre de pan. E incluso sabemos que la escena evangélica proclamada es anuncio y premonición de la eucaristía. Pero ahora tienen hambre.
Poca parte de los llamados “Objetivos del Milenio” marcados por la ONU para 2015 se va a cumplir. Palabras y promesas muchas. Acciones concretas, escasas. El hambre sigue siendo un drama para millones de personas y con el aumento del desplazamiento de personas en zonas de conflicto, aumenta. Muchas personas siguen muriendo. A veces lo sentimos sinceramente, pero nos cambia la vida personal y social.
No les pedimos a las personas que sean perfectas, sino que sean humanas. No les pedimos a economistas y políticos que sean perfectos, solo que sean humanos.
Solidaridad sería la primera actitud. Amor debe ser la respuesta cristiana. Un amor que se traduce en ayuda eficaz, sin dejar su empuje hacia una acción transformadora de la sociedad. Un amor que se llama justicia, cuando nos desprendemos de caprichos superfluos para llevar pan a quien tiene hambre y ayuda a quien pasa necesidad.

Como dijo alguien: “El pan que verdaderamente alimenta, no es el pan que se come, sino el pan que se da”.