LA CAPACIDAD DE ESCUCHAR

En aquellos días los apóstoles viven una gozosa experiencia, una especie de luna de miel junto a Jesús. Sí. Están con la ilusión primera de todo lo que comienza. Siguen a Jesús y todo marcha bien. De pronto comienzan las dificultades, eso que nos hace exclamar: «Si lo llego a saber, no me meto en esta aventura». «Yo creía que esto iba a resultar más fácil». «¡Qué necesidad tengo yo de meterme en líos a mis años, con los bien que están… otros!». Las frases se pueden multiplicar. La realidad es muy sencilla: al principio todo parece de rosas, pero el camino trae sorpresas… 
Como los discípulos, tenemos la tendencia de arrimarnos al “sol que más calienta”, para sacar “algún beneficio”. Unos seguían a Jesús pero no ocultaban que lo que en el fondo pensaban era sentarse a la derecha de él algún día. El poder, con tal de llegar a él, exige algunas incomodidades, pero después recompensa… Como veis, este funcionamiento no es de hoy. Hay personas que se despersonalizan con tal de llegar a tener poder… Y llegan. Y cuando llegan ya no son personas, están despersonalizadas. Las consecuencias las pagarán los otros, además de ellos mismos…
Encerrados en nuestros propios problemas, pasamos junto a los demás, sin apenas detenernos a escuchar realmente a nadie. Se diría que al hombre contemporáneo se le está olvidando el arte de escuchar.
Si cuando escuchamos a Jesús la escucha es sincera y paciente, hay algo que se nos va imponiendo. Encontrarse con Jesús es descubrir, por fin, a alguien que dice la verdad. Alguien que sabe por qué vivir y por qué morir. Más aún. Alguien que es la Verdad.