CRISTIANO ES EL QUE DA LA MANO AL OTRO

Domingo 4 de febrero
5º del tiempo ordinario
Marcos 1,29-39

 “Cristiano es el que da la mano. El que no da la mano, ése no es cristiano, y poco importa lo que pueda hacer con esa mano libre”
Vivimos amontonados, pero unos lejos de otros. La distancia con el otro no la medimos en metros o kilómetros. La distancia con el otro se mide con el corazón.
Acercarnos a los sanos es cosa buena.
Acercarnos al que vive encerrado en su soledad, porque no tiene a nadie.
Acercarnos al que está enfermo y hasta puede ser contagioso.
Acercarnos al que sufre porque le falta todo.
Acercarnos al que todos dejan solo porque no es importante.
No esperar a que sea él quien se acerque a nosotros, sino que seamos nosotros quienes nos acercamos a él.

Tomar de la mano a alguien, ya es acortar las distancias entre los dos.
Tomar de la mano a alguien, es abrir la puerta del corazón e invitar al otro a entrar.
Tomar de la mano a alguien, es decirle tú eres mi amigo.
Tomar de la mano a alguien, es decirle tú eres importante para mí.
Nunca las manos son más cristianas que cuando toman la mano del otro, sobre todo del que sufre.
Tomar de la mano al que ha caído, para que se levante.
Tomar de la mano al débil, para que pueda ponerse en pie.
Tomar de la mano al que te ha ofendido, para que sienta tu perdón, y se levante.
Tomar de la mano al que te hirió, para expresarle que no estás enojado, y se levante.

Tomar de la mano al que te pide limosna, para que te sienta hermano, y se levante.

ESTAR LLIURES DE COMPLEXOS ENS FA LLIURES

JESÚS ENS DÓNA FORCES PER A ALLIBERAR-NOS I DONAR-NOS ALS ALTRES

JESÚS NOS LIBERA DE LOS MALOS COMPORTAMIENTOS

Domingo 28 de enero.
4º del tiempo ordinario.
Marcos 1,21-28

Sin Darnos cuenta en más de una ocasión actuamos como “poseídos” desde niños por valores, actitudes, criterios, comportamientos, nos hemos dejado arrastrar por consejos, ejemplos de vida, televisión, etc… que en muchos casos no eran los más aconsejables para un comportamiento social de respeto a los demás.
Nos han inculcado por todas partes esos criterios comunes de la sociedad en que vivimos: que el que más puede, más vale; que el que más vale, más triunfa; que el que más triunfa, más tiene; que el que más tiene, más puede. Y este círculo vicioso se repite como una rueda de molino dentro y fuera de nosotros mismos.
A nadie se le oculta que estamos viviendo una grave crisis de amor en la sociedad. La confianza entre razas está bajo mínimos. La gente joven cada vez está más apartada de la iglesia.
¿No es el momento de volver a Jesús y aprender a enseñar como lo hacía él? El Papa Francisco está intentando que la palabra de la Iglesia nazca del amor real a las personas. Dicha palabra de ser comunicada después de una atenta escucha del sufrimiento que hay en el mundo, no antes. Ha de ser cercana, acogedora, capaz de acompañar la vida doliente del ser humano.
Necesitamos una palabra más liberada de la seducción del poder y más llena de la fuerza del Espíritu. Una enseñanza nacida del respeto y la estima positiva de las personas, que genere esperanza y cure heridas. Sería grave que, dentro de la Iglesia, se escuchara una «doctrina de letrados» y no la palabra curadora de Jesús que con tanto empeño está trasmitiendo el Papa Francisco.
Dios no condena. Su acción es salvadora

Ésta es la Buena Noticia del evangelio: No hay desesperación definitiva; siempre se puede seguir esperando incluso «contra toda esperanza». Dios es Salvador para todos aquellos que se ven desbordados por el mal, el pecado, la impotencia o la fragilidad. Esto es lo que descubren con admiración aquellas gentes de Galilea que son testigos del poder y la bondad de Jesús que libera del «espíritu inmundo» a aquel pobre hombre que se retuerce poseído por el mal.

TAMBÉ JESÚS AVUI ENS CRIDA A SEGUIR-LI I A DONAR LA BONA NOTÍCIA

NO SOM IGLESIAS, SOM ESGLÉSIA, SOM GRUP I ESTEM COMPROMESOS I DONAR LA BONA NOTÍCIA

NO SOMOS IGLESIAS, SOMOS IGLESIA, SOMOS GRUPO

Domingo 21 de enero
3º del tiempo ordinario
Marcos 1,14-20

Cuando escuchamos “reino de Dios” pensamos en el cielo. Pues no. El reino de Dios no es el cielo. Porque el reino de Dios no es un lugar, ni el cielo ni la tierra. Es un grupo: el de los que han decidido hacerle caso al ejemplo de vida de Jesús y organizarse según lo que él nos dice. Y está allí donde está este grupo.
Lo que Jesús nos quiere comunicar no es un método para alcanzar la perfección individual. La nueva realidad no es sólo el ser más buenos. La de Jesús es una empresa colectiva, es un proyecto para organizar la convivencia. Por eso empieza buscando un grupo de personas que acepten su proclama, que vivan con él y, después de conocerlo y de experimentar la bondad de aquella noticia, se conviertan en impulsores de esa empresa colectiva, el reino de Dios. Ellos tendrán que proponer a otros hombres el proyecto de un mundo de hermanos -éste podría ser otro modo de llamar al reino de Dios-, ellos tendrán que ser pescadores de hombres: portadores de la buena noticia para ofrecerla a todos los que tengan hambre y sed de pan, de paz, de igualdad, de justicia, de amor…, invitándolos a organizar entre todos el mundo de tal modo que todas esas hambres encuentren hartura. Deberán ser buena noticia para que el mundo pueda llegar a ser fuente de buenas noticias.


A nosotros compete hoy esa tarea, pero es posible que un día nos pidan cuentas por habernos presentado como portadores de la buena noticia (evangelio = buena noticia) y nos hayamos dedicado a dar malas noticias, pues la peor noticia para este mundo sería que el reino de Dios es asunto de otro mundo.