SOLO DESDE LA ESCUCHA NACE LA VERDADERA FE
2º de Caresma
Mateo 17,1-9
En una leprosería había un leproso que se pasaba el día
encerrado sobre sí mismo, triste y sin esperanza. Hasta que un día comenzó a
sonreír. Todo el mundo se preguntaba ¿qué había pasado? Y se dieron cuenta de
que todas las mañanas se asomaba al muro que lo separaba de la calle. Se subía
al muro. Bajaba y comenzaba a sonreír. Llenos de curiosidad se acercaron. Una
señora todos los días pasaba a esa hora por allí. Esperaba
ver al leproso. Y desde la calle le regalaba una sonrisa. Y esto era suficiente
para hacerle feliz a aquel hombre lleno de angustia y tristeza durante todo el
día.
Me viene esta anécdota precisamente, el segundo domingo de Cuaresma, en el que leemos la Transfiguración de Jesús en el Tabor. Un momento en el que Jesús se transforma y todo él se ilumina dejando transparentar lo que lleva dentro detrás del muro de su humanidad.
Me viene esta anécdota precisamente, el segundo domingo de Cuaresma, en el que leemos la Transfiguración de Jesús en el Tabor. Un momento en el que Jesús se transforma y todo él se ilumina dejando transparentar lo que lleva dentro detrás del muro de su humanidad.
El leproso fue capaz de subirse al muro y así poder ver la
vida que caminaba por la calle y la sonrisa que alguien le regalaba cada
mañana, suficiente para sentirse vivo durante el día.
La transfiguración de Jesús nos hace ver no el muro de su cuerpo sino la transparencia de lo que hay dentro de él. Como el leproso que revive por una sonrisa mañanera venida del otro lado del muro, también los discípulos comenzaron a revivir, llenos de alegría, al ver esa sonrisa transfigurada de Jesús. “Maestro, qué bien se está aquí. Hagamos tres tiendas. Una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Hasta ahora le conocían a través del muro de su humanidad. Aquella mañana comenzaron a verlo desde dentro, desde su divinidad escondida.
La transfiguración de Jesús nos hace ver no el muro de su cuerpo sino la transparencia de lo que hay dentro de él. Como el leproso que revive por una sonrisa mañanera venida del otro lado del muro, también los discípulos comenzaron a revivir, llenos de alegría, al ver esa sonrisa transfigurada de Jesús. “Maestro, qué bien se está aquí. Hagamos tres tiendas. Una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Hasta ahora le conocían a través del muro de su humanidad. Aquella mañana comenzaron a verlo desde dentro, desde su divinidad escondida.
Las personas ya no tenemos tiempo para escuchar. Nos resulta
difícil acercarnos en silencio, con calma y sin prejuicios al corazón del otro
para escuchar el mensaje que toda persona nos puede comunicar.
Encerrados en nuestros propios problemas, pasamos junto a los demás, sin apenas detenernos a escuchar realmente a nadie. Se diría que al hombre contemporáneo se le está olvidando el arte de escuchar.
En este contexto, tampoco resulta tan extraño que a los cristianos se nos haya olvidado que ser creyente es vivir escuchando a Jesús. Y sin embargo, solamente desde esa escucha cobra su verdadero sentido y originalidad la vida cristiana. Más aún. Solo desde la escucha nace la verdadera fe.
Encerrados en nuestros propios problemas, pasamos junto a los demás, sin apenas detenernos a escuchar realmente a nadie. Se diría que al hombre contemporáneo se le está olvidando el arte de escuchar.
En este contexto, tampoco resulta tan extraño que a los cristianos se nos haya olvidado que ser creyente es vivir escuchando a Jesús. Y sin embargo, solamente desde esa escucha cobra su verdadero sentido y originalidad la vida cristiana. Más aún. Solo desde la escucha nace la verdadera fe.
CAMINANDO CON LA VERDAD
Domingo 5 de marzo
1º de Cuaresma
Mateo 4-1,11
Dejar
al borde del desierto tantas mentiras e hipocresías, una vida aburguesada y
autosatisfecha. Dejar esas trampas sutiles con las que pretendemos
autoconvencernos, llegando incluso a torcer el sentido de las frases
bíblicas para rehuir el cambio y demostrar que Dios piensa exactamente
igual que nosotros (de la misma forma que lo hizo el diablo al tentar a
Jesús) Al desierto hemos de entrar desnudos, para descubrir nuestra
«aridez interior», para tener el coraje de mirarnos tal cual somos, sin
las vestiduras que cubren la vergüenza, las llagas o la
suciedad.
Cuidado con
entrar al desierto de esta cuaresma bien situados en nuestro carro
-muchas veces un carro blindado- sobre el cual rebotará la Palabra
exigente de Dios. Caminemos, en cambio, en la pobreza y el silencio
interior, para llenarnos con la riqueza del Evangelio y con la Palabra
del Señor, que nos invita a derribar los ídolos para revestirnos de
Cristo vivo. Dejemos también los cómodos bastones y la pesada mochila.
Apoyémonos en un Dios que nos ha de guiar por el camino de la libertad, cuya
primera etapa es mirarnos y reconocernos tal cual somos…
Jesús en el desierto se miró a sí mismo desde el punto de
vista de Dios. Dejó a un lado sus intereses, su comodidad, su egoísmo, y
se preguntó sinceramente por el camino a seguir. Su pregunta fue limpia,
sin doble intención; como limpia, sincera, transparente fue su respuesta…
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