Domingo 4 de septiembre
23 de tiempo ordinario
Lucas 14, 25-33.
Por
la primera (Si uno quiere venirse conmigo y no me prefiere a su padre y a su
madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a sí mismo,
no puede ser discípulo mío), el discípulo debe estar dispuesto a subordinarlo
todo a la adhesión al maestro. Si en el propósito de instaurar el reinado de
Dios, evangelio y familia entran en conflicto, de modo que ésta impida la
implantación de aquél, la adhesión a Jesús tiene la preferencia. Jesús y su
plan de crear una sociedad alternativa al sistema mundano están por encima de
los lazos de familia.
Por la segunda (Quien no carga con su cruz y se viene detrás de
mí, no puede ser discípulo mío) no se trata de hacer sacrificios o
mortificarse, que se decía antes, sino de aceptar y asumir que la adhesión a
Jesús conlleva la persecución por parte de la sociedad, persecución que hay que
aceptar y sobrellevar como consecuencia del seguimiento. Por eso no es
necesario precipitarse, no sea que prometamos hacer más de lo que podemos
cumplir. El ejemplo de la construcción de la torre que exige hacer una buena planificación
para calcular los materiales de que disponemos o del rey que planea la batalla
precipitadamente, sin sentarse a estudiar sus posibilidades frente al enemigo,
es suficientemente ilustrativo.
La tercera condición (todo aquel de ustedes que no renuncia a
todo lo que tiene no puede ser discípulo mío) nos parece excesiva. Por si fuera
poco dar la preferencia absoluta al plan de Jesús y estar dispuesto a sufrir
persecución por ello, Jesús exige algo que parece estar por encima de nuestras
fuerzas: renunciar a todo lo que
se tiene, Se trata, sin duda, de una formulación extrema que hay que entender.
El discípulo debe estar dispuesto incluso a renunciar a todo lo que tiene, si
esto es obstáculo para poner fin a una sociedad injusta en la que unos acaparan
en sus manos los bienes de la tierra que otros necesitan para sobrevivir. El
otro tiene siempre la preferencia. Lo propio deja de ser de uno, cuando otro lo
necesita. Sólo desde el desprendimiento se puede hablar de justicia, sólo desde
la pobreza se puede luchar contra ella. Sólo desde ahí se puede construir la
nueva sociedad, el reino de Dios, erradicando la injusticia de la tierra.
Para quienes quitamos con frecuencia el aguijón al evangelio y
nos gustaría que las palabras y actitudes de Jesús fuesen menos radicales, leer
este texto resulta duro, pues el Maestro nazareno es tremendamente exigente.